Pocos segundos, mil sentimientos

Mi papá estaba enfermo, muy grave. Tratábamos con mi mamá y mi hermana de llevar la situación adelante pero era complicado. La situación económica no era muy buena, y salvarse de un cáncer de páncreas en esa época no era para nada fácil. Lamentablemente, a mis 12 años de edad, el 13 de diciembre de 1975 mi padre murió. Yo me encontraba desconcertado, no sabía darme cuenta si algo empezaba o algo terminaba. 


Mientras mis amigos comenzaban a salir solos, empezaban a vivir la adolescencia, yo la vivía de una manera mas adulta, mas madura y responsable. No era que sentía que mi adolescencia ya había terminado porque naturalmente recién empezaba, pero si sentía que la enfrentaba de otra manera. A mis 13 años de edad tuve que salir a trabajar. Mi hermana, ya un poco mayor que yo, trabajaba y mi madre, a pesar de la fuerte depresión, también lo hacia. Todos colaborábamos desde lo que podíamos para poder sacar a la familia adelante después de lo sucedido. Los primeros años fueron difíciles y yo me tuve que aislar un poco de lo que era la vida después de la escuela. No podía ir a jugar al fútbol con mis amigos todos los días o salir a bailar todos los fines de semana, pero de a poco fui integrando nuevamente esas actividades, retomando la "vida normal", aunque seguía trabajando.

Al pasar 5 años, cuando tenía 17, ya mi vida era la de un típico adolescente. Obviamente no era lo mismo ya que había crecido sin mi padre en la etapa que probablemente el padre es indispensable para un chico, pero no me estanque. Salía los fines de semana con mis amigos, íbamos a las fiestas de los clubes y los colegios. Cuando volvíamos del colegio hacíamos rin raje en todas las casas del camino, y todas las travesuras de los adolescentes. Pero uno nunca sabe lo que puede suceder y a veces nuestra vida toma un giro rotundo en pocos segundos.

Al otro año, en 1982, yo tenía 18. Me habían dicho por el barrio que por ser sostén de la familia no debía hacer el servicio militar obligatorio, así que un día hice los tramites para comprobar esto. Yo seguía con mi vida normal, confiado en esto que me habían dicho. Una mañana, cuando me estaba por ir a jugar al futbol con mis amigos, abrí el buzón y ví una carta que decía "Ejército Argentino". En ese instante pensé que era para notificarme que los tramites se habían concretado, pero el papel del interior del sobre me sorprendió.
"Notificamos que el tramite del servicio militar no se pudo concretar ya que su madre trabaja, lo que no lo convertiría a usted en el sostén total de la familia. Lo esperamos en el Regimiento 7 de la Ciudad de La Plata el día 2 de febrero. Saludos cordiales"
Mi corazón no paraba de latir, las manos me temblaban. Hacía muchísima fuerza para no llorar y contener esas lágrimas de angustia y bronca. Estaba paralizado. Me asustaba la idea de irme, de dejar a las dos mujeres mas importantes de mi vida solas. Sabía que probablemente fueran solo dos meses, pero igual estaba aterrado. Lo peor era que me faltaba un día para irme.

Fue un día duro. Un día en el que tuve que despedirme de todos mis amigos, y compartí sentimientos con los que también debían ir. Un día en el que mi madre y mi hermana lloraban desconsoladamente cada vez que intentaban decirme algo. Un día difícil, probablemente uno de los más difíciles de mi vida. A la mañana siguiente me levante, desayune, me despedí de mi familia de la manera mas sutil posible y partí hacia La Plata. Supuestamente me iban a mandar a Rosario, o a alguna ciudad cercana. Al llegar allá me encuentro con un amigo. Luego de un par de risas y chistes me dice serio:
-Guarda que están mandando a todos al sur.
-Avisale a mi vieja! Nos vemos a la vuelta-fue lo único que llegue a decirle mientras me hacían el último control para partir.
-Río Gallegos- me grita el de seguridad mientras me sella un papel que tenía en la mano.
Entre nervios, angustia, ira, y todos los sentimientos negativos que pasaban por mi cuerpo me subí al avión militar. 

Una vez sentado en el suelo del avión me di cuenta de la realidad que estaba viviendo. De que me  encontraba rodeado de gente que estaba pasando por lo mismo que yo, sufriendo de la misma manera. Ahí no importaba de donde venías, si eras cheto o no, a que colegio habías ido, si hablabas dos, tres idiomas o ninguno. En el momento en el que el avión despego me dedique a observar las caras de todos los jóvenes que estábamos ahí. Todos rezando o simplemente cerrando los ojos, probablemente pensando en lo que se venía. En ese momento pude reflexionar acerca de todo. Fue como ver mi vida pasar delante de mis ojos en segundos, y en esos pocos segundos fue cuando me di cuenta que no había adolescentes en ese avión, o al menos los hubo, pero en el momento del despegue, todos se convirtieron en hombres.

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